domingo, 18 de febrero de 2018

Filosofía de la ignorancia manufacturada




Parafraseando a Martin Luther King, "no es lo malo la ignorancia de quienes carecen de conocimientos sino la ignorancia producida por los que sí los tienen". Poco a poco se despierta una conciencia de la urgente necesidad de pensar sobre las formas de ignorancia que no son la mera ausencia de conocimiento. Formas de ignorancia que, como en el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, infectan como pandemia creciente la estructura epistémica de nuestras sociedades. Se hace necesario coleccionar sus variedades y clasificarlas, exarminarlas con cuidado y ocasionalmente denunciarlas.

Comencemos por las formas no dañinas, e incluso beneficiosas, de la ignorancia producida artificialmente. Cualquier avance de conocimiento es, paradójicamente, una forma de producción de una mayor cantidad de ignorancia. La filosofía no positivista de la ciencia de Karl Popper y Larry Laudan consideraba que el desarrollo del conocimiento no es una acumulación de hechos sino una compleja dinámica de navegación de mares de problemas a mares de problemas, en donde las teorías son frágiles barcas para ayudar en la singladura. Cada experimento que responde a nuestras preguntas a la naturaleza genera nuevas y más profundas cuestiones que no sabemos responder. Si algo hace grande al conocimiento organizado es que continuamente está redefiniendo sus propios límites. Una prueba del algodón de la limpieza y calidad de los textos científicos, filosóficos o periodísticos, es si nos dejan saber los límites y alcance que tienen las afirmaciones de los autores. Nada hay más tedioso que los estilos aseverativos que nos dejan en la ignorancia de si el autor conoce sus propios límites. Esta forma de ignorancia positiva equivaldría, en la cínica clasificación de Donald Rumsfeld respondiendo a la pregunta de si el Gobierno sabía que había armas de destrucción masiva en Irak, a los known unknowns (incógnitas conocidas). En este apartado entran también todas las barreras que pongamos al conocimiento peligroso, dañino u opresor. Por ejemplo, la demanda de que los gobiernos y multinacionales no conozcan nuestras creencias, acciones legítimas y vidas privadas.

Caminemos entonces hacia otras formas de ignorancia menos beneficiosas. Antes de entrar en ello, permítaseme una aclaración que exigiría mucha más extensión de la que aquí puedo concederle pero que es necesario señalar. Cuando hablamos de conocimiento, no debemos pensar solamente en las formas usuales de la ciencia y la tecnología. En la sociedad se produce continuamente una enorme cantidad de conocimientos que circulan por ella y sin los que la sociedad no podría reproducirse a sí misma. Junto a las instituciones de ciencia, tecnología y educación, la estructura epistémica de una sociedad incluye todo el conocimiento que nace y fluye por las instituciones económicas (empresas, mercados, instituciones de consulta, etc.), por los medios de comunicación y redes sociales y, sobre todo, por las instituciones del estado que necesitan una continua alimentación cognitiva: el sistema jurídico, el de seguridad, la administración pública, cada vez más necesitada de conocimiento experto, ... En fin, la estructura epistémica de una sociedad no es menos importante que la social, económica o política.  Es aquí donde la ignorancia deja de ser ausencia para convertirse en presencia estratégica.

Llamaré ignorancia estratégica, o ignorancia sistémica a las barreras a la producción o circulación del conocimiento que han sido o bien diseñadas voluntariamente o son un subproducto necesario de ciertas formas sociales y cuya función es, o bien evitar responsabilidades por daños producidos o bien generar dudas sobre demandas sociales.

Las más importantes de estas ignorancias son las que se generan debido a las relaciones de dominación y opresión sociales. En primer lugar, las ignorancias debidas a la clase social. Así, desde el siglo XIX, se produjeron numerosos informes en muchos países industrializados que trataban de mostrar la miseria en la que vivían las capas proletarizadas. La lucha contra esa forma de ignorancia fue tan titánica como variada y alcanzó al mismo arte produciendo, recordemos, la novela realista. En tiempos recientes, en España, en el tiempo de la dictadura, solamente iniciativas no gubernamentales como los informes FOESSA, eran los únicos que permitían vislumbrar un mapa de las desigualdades. Desgraciadamente, la ignorancia sobre los de abajo sigue dependiendo de las iniciativas activistas epistemológicas. Y no me refiero solamente a las estadísticas y cifras frías sino sobre todo a la profunda ignorancia de la experiencia humana bajo condiciones de opresión de clase, a las resistencias imaginativas a tomar la perspectiva de los de abajo.

Charles Mills, desde la perspectiva de raza, propuso el término "ignorancia blanca" para nombrar la ceguera racial de la modernidad hacia todas las experiencias de las etnias y razas subordinadas y oprimidas. Desde Bartolomé de las Casas hasta ahora se ha desarrollado una lucha desigual, antagónica, entre la necesidad de elaborar públicamente la experiencia del sufrimiento debido a la opresión racial y las cegueras sistémicas sin que por ello hayan disminuido los puntos ciegos al racismo cotidiano. Vivo en un país donde la memoria del sufrimiento debido a la estructura de la dominación colonial sigue estando ocluida por el sistema educativo en virtud de estrategias muy claras de identidad y orgullo nacionalista. Mills, por cierto, fue el padre del término, tan luminoso, de "epistemologías de la ignorancia".

La filósofa feminista Nancy Tuana ha investigado desde la perspectiva de género cómo los estereotipos y roles sociales de la sociedad patriarcal han producido ignorancias y sesgos en la investigación fisiológica y anatómica. Productos del interés en el desconocimiento de espacios de la experiencia humana como es el placer sexual femenino. Es muy recomendable la puesta al día de estas denuncias por las investigadoras Eulalia Pérez Sedeño y S.García Dauder, Las "mentiras"científicas sobre las mujeres, donde dan cuenta de muchos de estos dislates y barreras sistémicas al conocimiento del cuerpo de más de la mitad de la humanidad. Desconocimiento al que se suma la propia ignorancia patriarcal diaria, entre cuyas manifestaciones está la indiferencia hacia el trabajo y cuidado que las mujeres realizan cotidianamente.

Uno de nuestros más desconocidos (aquí, sólo aquí) filósofos del exilio español, el sevillano José Medina, catedrático de la Northwestern University de Chicago, en un libro que ya se considera referencia imprescindible de la epistemología crítica, Epistemologies of resistance, propone el término  "héroes epistémicos" para calificar a aquellas personas como Sojourner Truth o Rosa Park cuyo sacrificio personal permitió que la sociedad se hiciera consciente de sus cegueras hacia sus zonas oscuras, como el racismo (duplicado en el caso de la mujer). En España, José Heredia Moreno, documentalista crítico, produjo y rodó recientemente un documental El amor y la ira en el que da cuenta de la ceguera hacia los guetos del pueblo gitano y lo que ocurre en ellos, algo que sigue siendo ignorado por nuestra buena conciencia de que aquí nadie es racista (ni machista, ni...). Ignorancia estratégica.

La socióloga Linsey McGoey está realizando un iluminador trabajo para impulsar el campo de la sociología de la ignorancia (Introduction to Sociology of Ignorance). Ya he dedicado otra entrada a su descripción de cómo el neoliberalismo es una escalada en la producción de ignorancia. Mientras que la teoría clásica del mercado de la Escuela Austriaca consideraba beneficioso el que los agentes económicos ignorasen todo excepto sus intereses para que el mercado funcionase bien, el nuevo orden económico, sostiene, exige que las grandes corporaciones de control (seguros, consultoras, macro instituciones como el FMI, OCDE, BCE, etc.) usen la impredicibilidad de los mercados como estrategia para evitarse responsabilidades por los desastres que sus malas políticas producen.

Robert Proctor y su escuela de agnotología se ha fijado en un aspecto no menos inquietante de los fenómenos sistémicos, el de la producción industrial de escepticismo contra las demandas de los movimientos sociales y los avances del conocimiento que ponen en peligro los inconfesables intereses estructurales de ciertas empresas e instituciones. Él mismo es un historiador de la medicina que ha investigado sobre cómo las grandes tabacaleras, en los años setenta, financiaron millonariamente algunas fundaciones con el único objetivo de inducir desconfianza sobre las investigaciones médicas que relacionaban el cáncer de pulmón con el consumo de cigarrillos. La industria del negacionismo, desde entonces, no ha dejado de crecer. La batalla del cambio climático ha sido uno de sus últimos episodios. Es triste y lamentable que uno de nuestros expresidentes del Régimen de la Transición, José María Aznar, se convirtiese en el 2008 en uno de los líderes mundiales del negacionismo. La lista de negacionismos industrialmente fabricados es larga: uno de los más perniciosos tiene que ver con las morales puritanas y su empeño en poner barreras a la educación sexual, lo que produce, entre otras muchas cosas, embarazos no queridos y proliferación de enfermedades como el sida a lo largo y ancho de la humanidad.

En esta misma línea hay una  reseñable corriente en los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad que trata lo que se llama "Undone Science" (ciencia por hacer, ciencia inacabada, ciencia perdida), que relata cómo los grandes y pequeños movimientos sociales concernidos por la ignorancia de ciertos temas han logrado movilizar recursos sociales hacia las ignorancias sistémicas. Uno de los casos más conocidos es el de la investigación del HIV del SIDA, que sin la presión de los movimientos gays se habría ralentizado, produciendo aún mayores daños si cabe a la humanidad. Otro ejemplo es el estudio del autismo, durante décadas fuera del interés de las comunidades científicas (psicología, psiquiatría, neurología), impulsado por padres y madres de niños autistas que en muchos casos estudiaron psicología y desarrollaron experimentos que han transformado la psicología contemporánea. El gran psicólogo español, desgraciadamente desaparecido prematuramente, entra en esta categoría de héroes epistémicos. Estos casos muestran que muchas veces las fronteras entre legos y expertos pueden ser atravesadas por el interés en investigar zonas desconocidas. La ciencia ciudadana, un movimiento creciente, es una de las esperanzas para que la "undone science" derive hacia la investigación de sus puntos ciegos.

No hay reglas absolutas en el estudio y política de la ignorancia. A veces es dañina, a veces beneficiosa. La desgracia ocurre cuando la ignorancia se convierte en anosognosia social. La anosognosia es una disfunción que producida por degeneraciones del sistema nervioso central que afecta a muchas personas por diversas causas (envejecimiento vascular, alzheimer, etc.). El paciente no es capaz de reconocer que tiene un déficit mental grave. Estamos viviendo, cada vez más, en una sociedad aquejada de anosognosia. Una pandemia aún por investigar.


domingo, 11 de febrero de 2018

Variedades de la injusticia epistémica




Se acaba de traducir el libro de Miranda Fricker, Injusticia epistémica. Es un libro necesario, al que la abundante literatura que está generando desde su publicación hace once años suele calificar como "groundbreaking" y "pathbreaking" (creador de nuevas líneas de trabajo). Ahora, acaba de salir un Handbook of Epistemic Injustice, y si alguien googlea el término, encontrará cientos de artículos dedicados a desarrollar el concepto. Es, sin duda, un libro fundacional de la epistemología política contemporánea y posiblemente lo será también de la teoría política, cuando los filósofos de la política atiendan un poco a los problemas epistémicos (John Rawls, por ejemplo, ignora o no tiene en cuenta el conocimiento en sus propuestas sobre la justicia).

La tesis de Miranda Fricker es que los grupos, clases o colectivos discriminados socialmente también sufren una suerte de discriminación que califica de epistémica. Ella se centra en dos tipos. El primero es la injusticia testimonial, el segundo la injusticia hermenéutica. La injusticia testimonial se comete contra aquellas voces a las que no se escucha o no se atiende por provenir de grupos estigmatizados con algún estereotipo. Así, en la novela de Harper Lee, Matar un ruiseñor, al acusado Tom Robinson, un hombre negro, no se le hace caso en su testimonio por parte de un jurado compuesto por varones blancos, a pesar de que, además de su palabra, todas las evidencias están a su favor. En la novela de Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley, el magnate Greenleaf, quien ha escuchado solamente la voz de Ripley, el asesino de su hijo, responde así a las sospechas de la que tendría que haber sido su futura nuera, convencida de que Dickie no se suicidó, sino que fue asesinado por Ripley: "Mira, están los hechos y luego está la intuición femenina". En ambos casos, sostiene Miranda Fricker, la voz del testigo es despreciada por su pertenencia a un grupo social. El refranero español tiene buenos ejemplos de este sesgo. Éste, por ejemplo: "En cojera de perro y llanto de mujer no has de creer". El pueblo gitano en España sabe mucho de esta forma de injusticia.


La injusticia hermenéutica no es menos dañina. Consiste, nos dice Miranda Fricker, en la dificultad que tienen las víctimas de alguna injusticia social para comprender su propio estado debido a diferentes causas, entre ellas, por ejemplo, a la carencia de una etiqueta, categoría o concepto que les permita entender su propia experiencia. Cita como ejemplo la aparición en los años ochenta del término "acoso sexual", que permitió comprender lo que hasta entonces habían sido múltiples y variadas experiencias en diversos grados de daño, desde la molestia simple a la depresión profunda, nacidas del poder patriarcal.

Querría insistir en la importancia teórica y práctica que tiene el problema de la injusticia epistémica, y criticar la poca conciencia que hay de él tanto en los espacios académicos como políticos, quizás porque el conocimiento ocupa un segundo escalón en las preocupaciones e intereses, o lo hace solamente como instrumento para el poder. La ignorancia o desprecio del testimonio y la injusta distribución del conocimiento, sin embargo, son cuestiones de la mayor relevancia para entender las desigualdades sociales. La capacidad de agencia y el conocimiento están profundamente entrelazados. Del mismo modo que quien está en la pobreza extrema no es libre, por más que le sean garantizados sus derechos civiles, tampoco lo es quien está en situación de discriminación u opresión epistémica.

No siempre la injusticia se comete por infravaloración de la palabra del oprimido, también se comete numerosas veces por sobrevaloración de la palabra del poderoso. El concepto de injusticia epistémica es muy fructífero e iluminador para entender numerosas experiencias para las que no teníamos nombre. Así, por ejemplo, se acaba de realizar un estudio que muestra que el sistema educativo español es uno de los que produce más segregación en toda Europa por razón de origen económico. El estudio señala también a la Comunidad Autónoma de Madrid como uno de los territorios de mayor segregación. El sistema está diseñado para que los alumnos de la clase baja sean separados y enviados a centros gueto. Lo mismo está ocurriendo con los estudiantes con necesidades especiales, pues lo primero que han hecho los gobiernos ha sido recortar en programas de integración. La segregación por razones de índole económica o funcional es en sí misma una injusticia social, pero no se ha teorizado suficientemente hasta qué punto es también y sobre todo una injusticia epistémica.

En filosofía política se distinguen dos líneas de prácticas que atentan contra la justicia en una sociedad. Una es la que atenta contra el reconocimiento y otra contra la redistribución de bienes y derechos. Las dos son dañinas y la lucha contra tales prácticas y estructuras sistémicas debe ser paralela y complementaria (un comentario marginal: muchas de las controversias políticas que últimamente circulan por la red sobre cuáles deberían ser las políticas de izquierda pierden muchas veces de vista la distinción entre estas dos formas de lucha por la justicia: el reconocimiento y la redistribución, y la necesidad de su complemento). El caso es que la mayoría de los debates sobre injusticia epistémica se han centrado mayoritariamente hasta el momento en los casos de falta de reconocimiento por razones de discriminación y estigma por identidad. Conviene también que comencemos a tratar las injusticias epistémicas que se producen en la distribución del conocimiento.

El conocimiento es generalmente un bien que se distribuye en la sociedad no como un bien público sino como un "bien de club": es necesario estar en cierta posición social de acceso para poder acceder a su uso y beneficio. El conjunto de instituciones que producen, reproducen y distribuyen el conocimiento en una sociedad constituyen la estructura epistémica de esa sociedad. Los dos más relevantes son el sistema de producción de conocimiento científico y técnico (i+d+i) y el sistema educativo pero también muchas especializaciones de otros sistemas, como por ejemplo la inteligencia de los sistemas jurídico, de seguridad, y  de otros sistemas de políticas públicas como salud, ordenación del territorio,  medio ambiente o economía y hacienda. En todos estos sistemas hay puertas que bloquean la circulación del conocimiento en la doble dirección de no dejar que fluya,  o de producir ignorancia sistémica y estructural (le dedicaré a este tema próximas entradas). Pues bien, la injusticia epistémica en la redistribución de conocimiento ocurre cuando se impide que circule el conocimiento por razones de discriminación, como ocurre en el sistema educativo español cada vez más dual relativamente a ingresos económicos.

Respecto a la injusticia hermenéutica, es decir, la que atenta contra el derecho a comprender la propia experiencia y situación en el espacio social, hay también que establecer nuevas distinciones. Hay una injusticia hermenéutica que tiene un origen en los déficits de significado y la poca atención que se presta a ciertas experiencias, y que por ello están ayunas de comprensión teórica (como es el caso del acoso sexual al que aludía más arriba), y la injusticia producida sistémica y sistemáticamente para generar confusión, ambigüedad y miopía social. De nuevo aquí tengo que aludir a la ignorancia estratégica que genera injusticia hermenéutica. Por ejemplo, hay numerosas instituciones, fundaciones y empresas suya función esencial es la de producir ignorancia sobre la propia situación. Desde hace siglos se acusó con razón a las homilías parroquiales de ser una institución para la producción sistémica de incomprensión sobre las razones reales de la opresión, pero podríamos afirmar lo mismo de las nuevas estrategias comunicativas de los grandes grupos mediáticos, en los que la creación estratégica de polarización conduce a generar incertidumbres, falsas certezas y dificultades para explicarse el propio lugar en el mundo. También hoy día, el sistema de economistas profesionales, sea académico, empresarial o institucional, se ha constituido en un inmenso aparato de producir incomprensión mediante el uso y abuso de los modelos matemáticos y las siglas. Es algo sorprendente que sea más sencillo explicar a los legos la teoría general de la relatividad y los fundamentos de la mecánica cuántica que el funcionamiento de los mercados de futuros.

En fin, seguiremos con el hilo de discusión abierto aquí, pero la idea es partir del concepto de estructura epistémica de una sociedad para aproximarse a su grado de justicia. Por supuesto, sin olvidar que las sociedades son polifónicas, plurales y siempre cambiantes, por lo que hay que hablar también de la dinámica epistémica de una sociedad. Pero, como reza el evangélico lema de la CIA, "la verdad os hará libres", aunque sólo si se distribuye con justicia y se reconoce con equidad.








domingo, 4 de febrero de 2018

Regímenes de la verdad



En múltiples encontronazos en lo que se llama las "Guerras de la Cultura" (la defensa del canon frente a los nuevas perspectivas de los estudios culturales) se suele acusar al posmodernismo de relativismo barato y de desprecio a la verdad. El papado de Benedicto XVI, Joseph Aloisius Ratzinger, estuvo dedicado en una parte a estigmatizar el posmodernismo con la misma furia que Harold Bloom o Mario Bunge, por poner dos nombres. Pero estos tres ingenuos, con perdón, no habían notado que el desprecio por la verdad tenía mucho menos que ver con ideas filosóficas que con nuevas dinámicas del funcionamiento de la tecnoestructura informacional y política contemporánea.

La indiferencia por los hechos, lo que llamamos con el nombre de "posverdad", no es una actitud intelectual más o menos escéptica y displicente, sino una forma sistémica y manufacturada de la circulación de la información en los medios de comunicación, la política, las instituciones del estado e incluso los mercados y empresas en las nuevas formas de capitalismo financiarizado. Circula la información que produce efectos emocionales, no la que genera juicios acertados y convicciones verdaderas. El problema, el peligro, es sistémico y afecta a todos los estratos de la sociedad contemporánea, como una de las derivas más peligrosas de la civilización contemporánea. Que sea una enfermedad sistémica no significa que haya destruido el organismo, pero sí que lo pone en peligro. Veamos cómo aparece por sectores:

Los medios de comunicación, en una carrera loca de competencia económica, cada vez más dependientes de sus deudas financieras, se convierten en productores de noticias de impacto y recortan de todos aquellos gastos que hacían de ellos medios fiables de información: la investigación a largo y medio plazo, el periodismo de investigación, las redes fiables de información,... Se vuelven adictos al retuit y a los monitores de lectura, que terminan produciendo performativamente adaptaciones para ser leídos, escuchados, vistos, independientemente de que se produzcan informaciones novedosas, que transformen la mirada. Dependen  cada vez más de los cotilleos y acaso de los "leaks" de gente resentida y cada vez menos de sus redes de investigación. Pongamos un ejemplo: elecciones. El candidato X suelta una frase en una rueda de prensa acusando a Y de una barbaridad (pongamos por caso: X acusa al Obamacare de crear "death panels" que van a decidir sobre si el sistema de salud va a atender a sus hijos con discapacidades). El reportero becario que ha asistido a la aseveración contundente tiene dos posibilidades: una, ponerse a trabajar la ley, consultar las posibles extensiones y decretos, ver si aquello es correcto, y luego escribir su artículo contando la declaración y la realidad. Otra: no tiene tiempo, su jefe le agobia. Así que se acerca al partido adversario y pregunta al portavoz de turno: "oye, que X ha dicho esta barbaridad, ¿vosotros qué decís?". El partido Y suelta la propia y el becario a ochocientos euros de salario ya tiene la nota breve que será retuiteada por las redes de su medio de comunicación. No ha pasado nada, claro. Ha sido neutral, pero no ha sido neutral epistémicamente hablando: ha bajado las potencialidades epistémicas del sistema de comunicación.

Los partidos políticos: tienen un problema muy similar al de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, un partido político es un sistema intermedio de representación que necesita comunicar sus ideas y escuchar y entender lo que piden sus potenciales votantes. Tiempos ha, los partidos tenían asesores técnicos cuyas funciones eran precisamente las de recoger información fiable, contrastar las fuentes, elaborar informes que molestasen, pero pusiesen las pilas, al diputado o dirigente de turno, etcétera. Todo esto es muy costoso en tiempo, en inteligencia invertida y sobre todo en capacidad autocrítica del aparato. Es más fácil recortar en asesores técnicos y aumentar en asesores de imagen y gestores de redes que den brillo a la propia apariencia pública del candidato. Lo técnico queda para cuando, ocasionalmente, se llegue al poder. Así suele irle a la oposición, cada vez más adicta al espectáculo.

Las empresas, sobre todo las grandes: una empresa, ciertamente, es una institución que tiene múltiples objetivos. Uno de ellos es el de producir beneficios. En las viejas formas de capitalismo, una empresa tendía a hacer compatibles los máximos beneficios posibles con la preservación de la tradición y la propia existencia de la empresa. Y muchas veces esa tradición era cultural, por ejemplo el prestigio y calidad de los productos, la fiabilidad de sus redes comerciales, el cuidado de las relaciones laborales y la atención a los comités de empresa. Las nuevas formas de capitalismo hacen que el CEO y sus inmediatos colaboradores estén obsesionados solamente por producir los máximos. ¿Qué ocurre con la sensibilidad a la verdad y los hechos?: el CEO está obsesionado por presentar cada año en la junta de accionistas que todo va bien y que vamos por el buen camino. No le importa lo que ha hecho para ello (mejor dejamos el sistema de gestión empresarial dominante). Sí le importa que sus sistemas de auditoría, consultoría, sus departamentos internos de análisis,..., le confirmen lo que tiene que presentar, sí o sí, a las juntas y, en general, a los "mercados". A partir de ahí se desencadena una presión por los datos positivos que pone en riesgo la lucidez de la empresa y sus sistemas de monitorización ante riesgos asumidos, incapacidades internas, incompetencias, debilidades de innovación, ...  Resultado: "tío ¡tráeme un informe que sea presentable!". La competencia epistémica de la empresa se debilita.

Las instituciones del Estado. Me gustaría hablar de cómo las competencias epistémicas del estado se ponen en riesgo por esta adición creciente  a la posverdad. No puedo hacerlo en general, aunque me gustaría. Pensemos en los centros de inteligencia. No voy a recordar los fracasos de Aznar por no haber detectado el problema del terrorismo fundamentalista. Basta solo referirse al procès catalán: los recortes en inteligencia, el debilitamiento de los medios de información en favor de los de represión, producen resultados que de no ser trágicos tendrían que ser hilarantes. He trabajado mucho sobre lo que más conozco, el de cómo el sistema universitario y, en general, el sistema de investigación ha ido confundiendo el robustecimiento de sus capacidades epistémicas con la competencia por presentar buenos resultados en sus cada vez más barrocos sistemas de "control de calidad", sus indicadores, sus rankings y otros dispositivos similares. Se recorta en investigación, se invierte en monitorización en los sistemas de representación y comercialización de la imagen.

Disculpas por la brasa: soy, como diría George Bush tras el 11S, un tipo sensible al que molestan los extremos. No soy apocalíptico sino integrado. Pero he ido a mirarme lo que tengo/tenemos y me da mucha mala espina.


domingo, 28 de enero de 2018

Esperanza vs. felicidad



He llegado a la obra de William Davies La industria de la felicidad de forma indirecta, sin haber leído las múltiples reseñas que recibió en la prensa cuando se tradujo al español hace más de un año. Fue a través de su trabajo conjunto con la socióloga de la ignorancia estratégica, Linsey McGoey, con la que escribió un artículo sobre la relación entre el neoliberalismo y la ignorancia, del que hablé en la entrada de la semana pasada. En esta obra, Davies, también sociólogo de la economía, relata las relaciones entre la psicología y la economía liberal, sobre cómo el utilitarismo de Bentham, el conductismo de Watson y las nuevas modalidades de la gestión de las emociones (mindfulnes, reiki, coaching...) se tejen con la historia de la econometría desde Jevons a las nuevas formas de capitalismo emocional.

Hay dos hilos conductores en el libro. El primero es la confluencia entre el mito cientificista que ha mantenido mucha psicología acerca de la desconfianza radical del lenguaje sobre nosotros mismos y la microeconomía. El desprecio a los conceptos mentales diarios para dar cuenta de nuestro estado mental --que ha conducido a generaciones de psicólogos y neurocientíficos a buscar "medidas" objetivas independientes de lo que cada uno piensa de sí-- converge con la idea de que los mercados son computadores que informan del estado general de las preferencias (y felicidad) de la población y al tiempo máquinas de ajuste casi perfectas del mejor grado posible de distribución de la felicidad. La idea de que el mercado habla mejor que las personas sobre sí mismas, porque sus elecciones de oferta y demanda revelan sus verdaderas preferencias, que está en la base de la microeconomía clásica, unida al uso de un aparato conductista, que también está en la base de múltiples indicadores contemporáneos, explican conjuntamente por qué la economía ha invadido áreas sociales nuevas, desde la gestión de la educación y la salud hasta la propia psicología (picoeconomía, teorías del cerebro como espacios de competencia entre redes neuronales, etc.) o la vida afectiva cotidiana (Gary Becker).

El segundo hilo es la historia del uso aplicado de la psicología en la creación de instrumentos para "perfeccionar" el mercado como productor de felicidad. La misma psicología fue descubriendo que el "homo economicus" era un computador poco fiable en lo que respecta a la maximización de la utilidad (como indicador de la búsqueda de la felicidad), que estaba lleno de agujeros en su racionalidad, de "mecanismos" psicológicos, y que era básicamente un ser conducido por las emociones, por lo que se desarrolló toda una industria para usar estos mecanismos a favor del mercado y de la gestión empresarial. Davies se centra, en este nuevo hilo, en dos historias: la de la publicidad como psicología aplicada a la producción de deseos, y la reciente industria mundial de los gurús predicadores de felicidad y promotores de cursillos, técnicas y métodos de organización empresarial dedicados a usar la búsqueda de la felicidad como motor de productividad en la empresa y, en general, en los planes de vida.

Aunque Davies no lo hace explícito en esta obra, su relato va dejando entrever la diferencia entre el optimismo de la econometría liberal de las primeras generaciones, que creía en el perfecto ajuste entre el mercado y los productores y consumidores como agentes perfectamente racionales, y el neoliberalismo de las generaciones actuales, quienes ya saben que ni los agentes son perfectamente racionales ni hay mercados perfectos, por lo que hay que construir "andamios" políticos, psicológicos y técnicos para crear ajustes que conduzcan a una mayor producción de ganancias. Toda la ingeniería contemporánea del "sea usted feliz", "encuentre en sí mismo los recursos", "tú puedes",... es parte de este inmenso aparato externo que sostiene al capitalismo contemporáneo.

No es difícil descubrir cómo la publicidad usa los mecanismos emocionales para generar deseos. El genial anuncio de la ONCE de hace unos años, que usaba dos lemas "voy a ser yo" y "no me llames iluso porque tenga una ilusión" para vender un producto de lotería, se basaba en el sesgo llamado "wishful thinking" que transforma las probabilidades subjetivas de lograr algo cuando ese algo se desea mucho. Hay innumerables ejemplos de este empleo de nuestra particular forma de racionalidad emocional para alimentar los motores del mercado. Últimamente estoy reflexionando mucho sobre lo que llamo "polarización estratégica", que no es sino el uso sistemático y manufacturado del sesgo de polarización de grupos para producir adición a las redes y mantener la inmensa industria de las redes sociales y los medios de comunicación.

La polarización de grupos es un mecanismo bastante bien conocido desde los años setenta: personas que habían entrado en una discusión con sus propias ideas matizadas, cuando descubren que se dividen en dos grupos de opiniones, radicalizan sus posiciones para adecuarse al grupo en un grado que nunca harían reflexionando personalmente. El mecanismo articula dos sesgos: el sesgo de confirmación, por el que la evidencia a favor de una opinión se hace más visible y adquiere mayor peso que la contraria, y el sesgo de socialidad, por el que las personas harán cosas que no estaban dispuestas a hacer sólo para ser reconocidas por un grupo del que se sienten miembros o quieren llegar a serlo. No sólo las redes sociales como Twitter o Facebook viven crecientemente de este mecanismo, sino que la estrategia se ha extendido a todos los medios de comunicación y de ahí a la gestión interna de los partidos políticos, que usan sus aparatos de "redes" para producir estratégicamente polarización a favor de los proyectos de las direcciones correspondientes.

Al final, todo esto constituye la industria de la felicidad, como la denomina Davies. Y aquí es donde nace el principal problema filosófico. Se construye la civilización contemporánea sobre políticas de la felicidad, que no son sino vanos intentos de evitar el sufrimiento mediante la gestión individual e individualista del deseo. Supone un cambio radical en la historia de la humanidad y, posiblemente, un cambio catastrófico porque lo que produce son ciclos de realimentación de las mismas causas que generan el sufrimiento. El uso del orientalismo, de las muchas formas de estoicismo y tantas filosofías de la felicidad confluyen siempre en la misma conclusión: "si no puedes cambiar el mundo que te produce sufrimiento, trata de cambiarte a ti mismo", las llamadas al entusiasmo, que critica Remedios Zafra en su reciente libro El entusiasmo, son paliativos que reproducen las condiciones que causan el estrés, las depresiones, los desánimos, las anomias y los síndromes de cansancio que nos invaden.

Frente a estas políticas de la felicidad como escape individual del sufrimiento deberíamos estar poniendo en marcha políticas de la esperanza, modos de elaborar juntos proyectos de vida y futuro cuya base sea precisamente la colaboración en esa construcción conjunta. La esperanza es una actitud emocional que está producida por la confianza básica en el mundo: saber que si algo o alguien  me daña también habrá alguien que acudirá en mi ayuda y me cuidará. La confianza básica en el mundo es el lazo más sólido que ha sostenido a las comunidades humanas desde el comienzo de la historia. La esperanza, como emoción social básica, que nace de la trama social que nos articula como personas, es lo que se pone en peligro cuando todo conspira hacia una sociedad de la competencia, de la búsqueda individual de la felicidad, de las soluciones internas que se basan en la ignorancia de cómo cambiar las circunstancias que producen el sufrimiento.

Las lógicas del individualismo y de la competencia, desgraciadamente, han invadido también a los partidos y movimientos que tendrían que promover políticas de esperanza cuando lo que hacen es simplemente montar escaleras para el ascenso individual. En el tercer tomo de su inmenso El Principio Esperanza el viejo marxista Ernst Bloch preguntaba al lector cómo podía explicarse que los militantes comunistas fuesen al cadalso impávidos, que hubiesen aguantado largas torturas sin denunciar a sus camaradas, y todo ello sin creer en una vida tras la muerte. La respuesta, decía, está en la confianza básica sobre las que se sostenía su esperanza. Las lógicas de la indignación sobre las que tantas veces se apoyan los partidos no son sino vanas subordinaciones a los mecanismos de la polarización, sumisiones a la lógica del mercado. Ser anticapitalista hoy no puede ser otra cosa que construir la esperanza que nace de los lazos sociales y la confianza en los de al lado allí donde no hay otra cosa que carreras por la felicidad.






domingo, 21 de enero de 2018

El poder de lo que ignoramos




Una de las cosas que ignoramos del poder es el poder de lo que ignoramos. Me referí muy por encima a ello hace unos días, en FaceBook, en una nota que titulé "La ignorancia como capital cultural" y desearía ampliar la idea que allí medio esbocé al calificar la ignorancia como capital. La calificaba como capital cultural, pero se puede ampliar el calificativo a capital sin más, en todas sus modalidades. La tesis es que en la sociedad del conocimiento la ignorancia cumple una función tan importante como ignorada. Que la ignorancia de la ignorancia y sus funciones es, además, un componente estructural de la fábrica político-económica y social de nuestro mundo.

La ignorancia a la que me refiero es a la ignorancia manufacturada, producida estructuralmente como condición de existencia del sistema en sus trabas básicas. El estudio de esta ignorancia ha sido propuesta por el historiador de la Ciencia Robert N. Proctor con el nombre de Agnotología, para diferenciarla de la Epistemología, que se ocuparía del conocimiento como un bien. La agnotología, así, se ocupa de la ignorancia como un bien o, si se quiere pensar más económicamente, como una mercancía o como un capital.

Un ejemplo nos puede ayudar a entender esa función positiva a través de la analogía con el fenómeno de la obsolescencia programada. La obsolescencia, en general, desde el punto de vista de la técnica y el diseño es, en principio, un mal que hay que evitar. Las máquinas de tren, por ejemplo, se diseñan para que sigan funcionando a lo largo de décadas, al igual que las grandes máquinas militares como los portaaviones o los submarinos nucleares, diseñados para que puedan tener vidas operativas largas. Sin embargo, si atendemos al mundo de la industria contemporánea, esta resistencia a la obsolescencia se considera antieconómica. Los más variados gadgets de los que nos rodeamos están diseñados intencionalmente para que su vida sea corta y los sustituyamos pronto. Todas las marcas presentan cada año sus nuevos modelos pensados para sustituir a los obsoletos. Así pues, la economía se sostiene sobre el uso estratégico de un mal convertido en bien: la obsolescencia.

Con la ignorancia, entendida en sus múltiples modalidades (error, o creencia falsa), ausencia de creencia verdadera, como muro cognitivo o social al conocimiento (metaignorancia), ocurre algo muy similar. Se convierte en un bien productivo y básico. Incluso en el corazón de la economía, como han estudiado la socióloga Linsey McGoey y el economista William Davies en su Introducción a la Sociología de la Ignorancia. Uno de los trabajos que incluyen en el texto es acerca de la intrínseca relación del neoliberalismo y la ignorancia. Comienzan describiendo cómo en la crisis producida por la burbuja de las subprime, que como sabemos eran productos financieros sin apenas base económica y un altísimo riesgo, la ignorancia fue uno de los motores del funcionamiento del aparato de ventas. Así, a pesar de que los vendedores tuvieran suspicacias, el apoyo de las grandes agencias de rating, que calificaban los riesgos como casi nulos fue central para la génesis y mantenimiento de la burbuja (a pesar de que hay aproximadamente 74 agencias en el mundo, de hecho la calificación es casi un oligopolio en manos de las tres gigantescas: Standard&Poors, Moody's y Fitch). Más tarde, se argumentó que no puede conocerse todo. Alan Greenspan aducía estas disculpas para cubrirse las espaldas ante los destrozos de una situación en la que él había colaborado con enorme poder. En los juicios posteriores a la crisis, se defendió que era imposible calcular las contingencias improbables que podrían llevar al hundimiento de las subprimes. Esta mezcla de confianza chulesca e insolente, con calificaciones de triple A, antes de la crisis, y de cínica disculpa después, es lo que McGoey y Davies consideran que es esencial en el capitalismo neoliberal.

En el liberalismo tradicional, argumentan, la ignorancia ya era un bien. Así, Friedrich Hayek defendía que el mercado funcionaba bien si se basaba en la ignorancia. Lo único que deberían conocer los consumidores eran sus propios deseos e intereses. Del egoísmo de los consumidores se extraía el bien del equilibrio del mercado: los precios, señalaba, serían el vivo signo de la eficiencia del mercado ajustando los mutuos deseos del vendedor y el comprador. Este modelo de la Escuela Austriaca está en la base pero no es lo mismo que el modelo de funcionamiento del mercado que popularizó la Escuela de Chicago y que consideramos como neo-liberalismo. En esta nueva versión, las fuerzas ciegas del mercado liberal son moduladas desde arriba por dos garantes de la "calidad" del mercado. Por un lado por las instituciones que "monitorizan" el estado de los agentes, es decir, por el gran aparato de "rating" y "ranking" que valora y ordena los riesgos y da información a los agentes. Por otro lado, el gobierno, el gran ausente (y gran mal) en la economía de Hayek, ahora entra con una función positiva: la de garantizar, incluso por la fuerza, la "competencia" y "competitividad". A diferencia del liberalismo, el neoliberalismo adopta una suerte de metáfora biologicista de los mercados ya no como computadores de intereses sino como organismos adaptativos que colonizan nichos y producen paisajes de eficacia. Lo cierto es que la "información" sobre la que se basa el sistema es de hecho ignorancia programada. Se basa en modelos de proyección futura del pasado inmediato que se guarda bien las espaldas contra las contingencias. Los economistas (la economía como ciencia) opera en el neoliberalismo como un agente garante del funcionamiento del sistema, paralelo al de los grandes poderes del estado. De hecho, se apoyan mutuamente: la información de rating se apoya en el supuesto de que el estado, al final, garantizará por medios económicos o militares la estabilidad del sistema.

Pero en realidad esto es una doble ignorancia que se refuerza mutuamente. Vayamos al estado: el garante de la estabilidad y calidad de la competencia sostiene su poder sobre la ignorancia. Así, la Segunda Guerra del Golfo se legitimó sobre lo que Donald Rumfeld, uno de los genios creadores del neoliberalismo en política, llamó "unkown uknowns" (incógnitas desconocidas), a saber, sobre la posibilidad de que Irak pudiera poseer o fabricar "armas de destrucción masiva". La Guerra de Irak se apoyaba en un condicional contrafáctico: "si hubiese armas de destrucción masiva, tendríamos que intervenir". Como sabemos en lógica, los condicionales de este tipo no pueden ser refutados. Pero son operativos políticamente. Si se llega a Irak y no se descubren armas por ninguna parte, siempre se puede aducir que no puede conocerse todo, pero que aún así hay que prevenir. Condoleeza Rice, la Secretaria de Estado de Bush durante la Guerra del Golfo, elaboró, por su parte, esta doctrina de la guerra preventiva contra el terrorismo, basada, a su vez, en condicionales del tipo anterior. Pero estos condicionales, que Popper habría calificado sin dudar como ignorancia no son cualquier cosa: son los garantes sobre los que las agencias de rating se permiten sus proyecciones optimistas. Es una especie de enorme sistema sostenido sobre tres patas: la ignorancia sistémica, el afán insaciable de lucro y, al final, la amenaza de violencia condicional como garante.

La ignorancia, además, tiene otras funciones sociales muy importantes. Una de ellas es la de minar la posible crítica al sistema. Robert Proctor, el promotor del término "agnotología" dedicó una gran parte de su investigación histórica a reconstruir cómo las grandes compañías tabacaleras habían empleado enormes sumas de dinero y creado fundaciones con el único objetivo de socavar la confianza en los numerosos estudios científicos que mostraban que la relación entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón era algo más que una mera correlación estadística. Lo mismo ha ocurrido recientemente con los estudios que muestran el origen antropogénico del cambio climático y, en general con muchas de las advertencias sobre los riesgos ecológicos de nuestra civilización. Mientras se asumen riesgos irracionales, se atacan todos los estudios que proponen medidas precautorias ante los riesgos desconocidos. El neoliberalismo es, al final, una enorme metafísica del "vivi pericolosamente".

Una tercera función de producción de ignorancia es la del establecimiento de muros estructurales a la circulación del conocimiento. El que no circulen conocimientos se convierte en parte sistemática del funcionamiento del aparato cultural de la sociedad contemporánea. El filósofo Charles W. Mills, estudioso de los prejuicios de raza, habló de la "ignorancia blanca" o ignorancia de los blancos acerca del mundo de la vida de los negros. En general podemos extrapolar esta ignorancia a todos los prejuicios. De clase, por ejemplo: el capitalismo cultural ha mutado de ser un sistema de pura desigualdad económica a serlo también cultural. La idea de que los de abajo van a estar así permanentemente porque son incapaces de adaptarse a los nuevos conocimientos exigibles por el mercado forma parte ya de la ideología de la llamada "Cuarta Revolución Industrial". La socióloga de la ciencia feminista Nancy Tuana ha estudiado un caso de lo que se llama ahora "undone science" (o ciencia inacabada, o ciencia por hacer), es decir, ciencia que no se ha hecho por prejuicios. Su caso es el del desconocimiento sistemático en textos y enseñanza de la sexualidad femenina, desde la fisiología básica al comportamiento sexual. S. García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño, en su reciente libro Las 'mentiras' científicas sobre las mujeres' se extienden pormenorizada y argumentativamente sobre esa metaceguera estructural de la investigación y de los sistemas educativos.

Con lentitud, a pesar de las resistencias pero con una nueva fuerza, el estudio de la función estructural de la ignorancia se va abriendo paso en la investigación. Se ha usado con propiedad la metáfora de "el emperador está desnudo" para calificar la creciente hibris de las popularizaciones de la llamada "sociedad del conocimiento" que igualmente podríamos denominar "sociedad de la ignorancia".  Poco a poco, también, la epistemología tradicional, muy individualista y centrada en una aspiración a lo seguro, al conocimiento concebido como una fortaleza de certidumbre, va descubriendo el papel de la ignorancia. Lo que es algo paradójico, pues el control de la ignorancia fue desde el comienzo la base del método científico. Como sabemos desde la escuela, el lenguaje de las matemáticas, desde que los árabes descubrieron el álgebra, se basa en el control de las "incógnitas", nombres que le damos a las variables en las ecuaciones. Un experimento, en las ciencias empíricas es también un producto de un diseño ingenieril para aislar una incógnita natural. Los economistas neoliberales, sin embargo, no entienden muy bien estas funciones científicas de la ignorancia.

Recientemente Antonio Cabrales (en un tiempo colega de la Universidad Carlos III de Madrid, ahora en el University College de Londres y economista de la educación, entre otras cosas, promotor también del influyente blog Nada es gratis y de FEDEA, uno de los "think-tanks españoles del neoliberalismo) se quejaba de los que nos quejamos del estado ideológico de los economistas y de que es una ciencia con hipertrofia matemática y poca base empírica. Afirmaba que la economía actual es empírica y experimental y que los críticos no leemos las revistas de economía. Bueno: no diría que es completamente incierto lo que dice, pero habría que responder también que la base empírica de la economía contemporánea nace sesgada muchas veces por las bases de datos realmente existentes, que tienen cegueras sistemáticas hacia lo desconocido. Habría mucho que decir al respecto. Amartya Sen en un viejo artículo sobre "el valor de la vida y la muerte" ya habló sobre la incapacidad de la economía para elaborar el valor de bienes intangibles como, por ejemplo, la diversidad biológica. Pero el mismo Antonio Cabrales, en un artículo colectivo sobre la medición de riesgos aplicando un modelo físico de entropía, muestra hasta qué punto la ilusión de ser una ciencia como la física (a veces como la biología) está infectando a la economía. Si algo se sabe en física es que la entropía es uno de los conceptos más importantes y más difíciles de manejar. Generalmente se usa en termodinámica y otras ciencias relativamente a las variables que definen las funciones de estado de un sistema. Los economistas extrapolan estas ideas desde los sistemas físicos a los sistemas de expectativas como si esa transición fuese natural por el hecho de que la entropía está relacionada con la información. En fin, pongo solamente aquí un ejemplo de estas cegueras usando una de las definiciones del artículo. Nótense las maneras en las que se definen los agentes y cómo se "estructura" manufacturadamente la información:

Definition 3 Information structure α investment-dominates information structure β for wealth w if, for every price µ < w such that α is rejected by all agents with utility u ∈ U∗ for every opportunity set B ∈ B∗ , β is also rejected by all those agents.

Seguiremos.













viernes, 12 de enero de 2018

Arriba y abajo


Como en Barrio Sésamo, como si Epi y Blas nos enseñasen el mundo, y tal vez no sería extraño pues estamos aún en la infancia de la democracia, la teoría política contemporánea podría definirse con las categorías de Arriba/Abajo, Fuera/Dentro, Antes/Después. Hay topologías espacio-temporales sobre las que se construyen las ideologías. La más tradicional, en la que hemos crecido, fue la de Izquierda/Derecha (y su correspondiente conservador/progresista). Hoy, al decir de muchos, esta dicotomía se ha convertido en algo vacío cuando no habitado por confusiones y errores. Así, Esteban Hernández, amigo, teórico del capitalismo contemporáneo y periodista de El Confidencial, escribe este artículo criticando a la incapacidad de la izquierda por no ser capaz ni de entender cuáles son las  claves del mundo contemporáneo ni, sobre todo, proponer un modelo de mundo atractivo que no sea el de aplicar viejas recetas para un capitalismo que ya fue superado. Lo que sigue es una suerte de respuesta provisional.

(1) La derrota

La derrota ha sido el signo de los oprimidos a lo largo de la historia. El triunfo de las clases dominantes ha sido la regla más que la excepción. Y, sin embargo, la humanidad ha ido construyendo victorias sobre las tumbas de los derrotados. No son pocas las conquistas que se han levantado sobre las tumbas de las multitudes derrotadas. Guilles Pontecorvo en La batalla de Argel, filmó una coda al relato de la descripción de la derrota del FLN de Argelia: al año siguiente de haberlo desarticulado, Francia se vio obligada a firmar la independencia. Habría que seguir con tantas derrotas que se han vuelto menos derrotas en la historia. Otras no, han sido terribles y poco productivas, han generado lo que Benjamin ya denostaba como "melancolía de izquierdas". Todo es muy complicado.

El gran pensador de la derrota fue Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel. Rosa de Luxemburgo, quien se sumó renuente a una insurrección que sabía que iba a fracasar, no tuvo tiempo de pensar en la derrota. Las tropas de los Freikorps, llamadas por el gobierno socialdemócrata para vencer a los espartaquistas, acabaron con su vida antes de que pudiera dar luz a la derrota. A Gramsci, para suerte nuestra, le fueron concedidos unos años (terribles) en los que pudo pensar por qué el levantamiento consejista italiano fue derrotado y sustituido por el fascismo. Su tesis tiene una parte negativa de crítica a la izquierda: no había entendido que la base de la explotación es más amplia que la de la explotación industrial del proletariado. En "La cuestión meridional" explica cómo las diferencias históricas y geográficas siguen presentes. Tiene también una parte positiva: la de que la resistencia al poder dominante se puede articular uniendo el trabajo teórico de zapa a la ideología dominante y llevando hacia un sentido común los diversos malestares que nacen de la diversidad de formas de opresión, uniéndose así el trabajo reflexivo con el trabajo práctico de insubordinación y resistencia. 

Gramsci fue resucitado en los años 70 por la izquierda alternativa, que se agrupó alrededor de la revista The New Left, y la izquierda disidente contra el estalinismo, y en los años 80 por la alternativa que representaron Laclau-Mouffe con su idea de "articulación" de luchas frente a la Tercera Vía de Blair, Felipe González et alii. Claro, todas las resurrecciones tienen el problema que tuvo Cristo con Santo Tomás: "¿de verdad eres tú?". No sabemos qué habría dicho Gramsci sobre la derrota del pensamiento de izquierdas por el neoliberal, pero sospecho que habría comenzado por estudiar las razones y causas de la gran catástrofe de la izquierda en la forma compleja en la que se entreveran las modalidades económicas con la nuevas formas de la cultura, la ciencia y la tecnología. A diferencia de los tiempos de Gramsci, la cultura ya no es simplemente una forma de dominio hegemónico sino una de las fuerzas básicas de la economía. Las mayores empresas mundiales son hoy empresas culturales (Google, Amazon, Uber, AirB&B, FaceBook, …). No se entendería la economía financiarizada, por otra parte, sin la masiva circulación de información y datos, una transformación cultural que  Gramsci no había podido pensar.

Qué sea y qué no sea derrota en nuestros tiempos está también en disputa. El neoliberalismo se ha impuesto como modo de ordenar y explicar los cambios en el mundo, cierto, pero el planeta se ha vuelto desordenado e ingobernable. En el corazón del Imperio ya no se entiende bien lo que pasa y las fuerzas dominantes se dividen entre los intereses nacionales y los intereses que nacen de los paraísos fiscales. La transformación de la vida cotidiana, por otro lado, no ha ido por los caminos definidos por el neoliberalismo, sino por múltiples senderos muchas veces contrahegemónicos. Por mucho que se quejen las voces de la derecha y la izquierda las fuerzas de las identidades, fuerzas solo en apariencia subjetivas, siguen siendo fuerzas históricas de primer orden. Si dejamos a un lado el poder religioso, los nuevos nacionalismos (Rusia, China, USA) se imponen sobre los propios intereses de un capitalismo transnacional. 

(2) El nuevo capitalismo

Como explicaban Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, la burguesía está condenada a revolucionar todo, a profanar lo sagrado y destruir sus propias bases. La fuerza de la búsqueda de beneficios acaba con las mismas bases de la sociedad que originó las estructuras de dominio. El nuevo capitalismo, que Estaban Hernández explica tan bien en Los límites del deseo, destruye las promesas que hizo de cambiar la sociedad. La desigualdad se hace cada vez mayor; donde había libertad de mercado hay monopolios, donde se prometía seguridad y bienestar emerge un mundo cada vez más siniestro, vigilado, en guerra permanente y con cada vez mayores capas de la población al pairo del destino. 

En los años ochenta del siglo pasado, Manolo Castells y otros teorizaban que las fuerzas de la identidad eran las grandes fuerzas del futuro. No se equivocaban del todo, aunque ahora se muestra el gran poder ya no del conocimiento y de su triple hélice, sino el de los inmensos capitales que migran como estorninos, como hunos, destrozando vidas y haciendas: empresas, estados, sociedades. Las teorizaciones de los años del posmodernismo (Laclau-Mouffe, Zizek, Jorge Alemán) unían las nuevas formas fracturadas de conciencia y subjetividad, desde una lectura lacaniana (lo simbólico, lo imaginario, lo real), con los procesos históricos después de la derrota de la Guerra Fría. ¿Siguen siendo válidos estos análisis después del gran giro tras el 11S; tras la conversión del mundo en un tablero para el ejercicio de potentes tecnologías militares de control e invasión? ¿Siguen siendo válidos cuando estados enteros caen bajo la presión de los grandes capitales que se imponen sobre las formas incluso transnacionales de derecho? ¿Siguen siendo válidos cuando la tecnología se impone a muchas formas ideológicas transformando las estructuras económicas de manera que se crean nuevos nichos para la explotación universal? ¿Soportan Laclau y los seguidores lacanianos un análisis desde un mundo construido desde Silicon Valley y adláteres? Posiblemente también a la Nueva Izquierda le ocurra lo que a quienes hablan de las Nuevas Tecnologías, que siguen anclados en fuerzas y tecnologías de hace cincuenta años.

La verdad es que la respuesta no es sencilla y no la voy a responder en esta entrada. En algontenían razón los pensadores y pensadoras posmodernos: la tecnología que abre nuevos espacios de dominación ha abierto también nuevos espacios de transformación social. Los grandes poderes sociales han ido, últimamente, de victoria en victoria hasta sus progresivas derrotas: el mundo estuvo en una crisis profunda porque Estados Unidos perdió la Guerra de Vietnam contra un enemigo inferior. Ganó la Guerra Fría y derrotó a los sindicatos, fracturó a la izquierda y desarrolló el pensamiento único, pero perdió todas las guerras imperialistas en Oriente Medio: sus fáciles victorias han redundado en un mundo de inseguridad y caos permanente, que recuerda más al fracaso de los estados que al cielo de seguridad que prometía. El triunfo del capital ha sido la derrota de la economía: cada vez más dependiente de la absorción de empresas, cada vez menos basada en la gestión de las necesidades. Las formas de victoria y resistencia se han vuelto muy complicadas. No son explicables por fáciles mecanismos de poder y dominación. Quejarse de la fuerza de las identidades en el mundo contemporáneo es como quejarse de la fuerza de la gravedad cuando uno pilota un avión. 

(3) El (sospechoso) poder de la cultura

El giro del pensamiento de izquierda de hace décadas fue hacia la reivindicación del poder de la cultura que habían abandonado los marxistas. Althusser y sus aparatos ideológicos, Foucault y sus biopoderes, los lacanianos y sus resignificaciones, … Se postulaba un complejo de lo material, corporal y lo subjetivo que se asentaba tanto en la diferencia como en las hegemonías. Se le dio a la cultura el poder mágico de la llamada “hegemonía”, un concepto gramsciano que había nacido de la observación de que en Italia la Iglesia Católica era capaz de unir a favor de las clases dominantes las subjetividades más diversas. No está nada claro ahora qué se quiere decir con hegemonía. También en la cultura, como en el mundo, rige el caos y el desorden. Llamamos “neoliberal” a una suerte de pensamiento esquemático que deja todo en manos mágicas (nuevas formas de la Providencia): el Mercado, la Competencia, los Rankings y las Consultorías de Calidad (sus nuevos sacerdotes). Pero no está claro que, a diferencia de la Iglesia Católica en Italia, consiga arrastrar los sentidos de la vida hacia un modo dominante. Nacen nuevas formas de malestar que no son teorizables con los instrumentos neoliberales: la precariedad estructural, el final de la familia patriarcal, la fractura integradora de la cultura del bienestar, incapaz ya de asimilar las formas de vida condenadas al margen, la desesperación de las inmensas multitudes de exiliados de la historia que desbordan las fronteras de la riqueza, el sentimiento de fin de mundo por agotamiento de los recursos, la fractura irreversible entre las generaciones presentes y las futuras. Ni siquiera la esperanza en la tecnología, como instrumento del neoliberalismo, puede ser empleada como recurso ideológico. La tecnología está cada vez más orientada hacia la espiral de la desigualdad, como prueba la creciente presión por las tecnologías del transhumanismo, que dejan en la cuneta de la historia a la humanidad en favor de una minoría de privilegiados transhumanos.

Del lado del economicismo hay una mala forma de entender la cultura, como si fuese solo una piel que esconde los verdaderos órganos funcionales. El capitalismo es ya cultural: es un capitalismo en donde la información, el conocimiento y la ignorancia programada, los trending topics y las agitaciones culturales son tan volátiles, y a veces tan fuertes como los movimientos de los inmensos capitales. Por esta misma razón, las viejas ideas de “hegemonía” no acaban de encajar en un mundo de culturas encontradas, de movimientos emocionales que transforman los sentidos con más eficiencia que las ideas, en un mundo en el que el control de la imagen tiene fuerza militar, como Al Qaeda nos enseñó en Nueva York y Madrid.

Siempre fue así. Se equivocó el programa romántico que pensaba en una educación de la humanidad, de hecho en un proyecto político de un estado cultural. Se equivoca también quien piense que una movilización unida anticapitalista unificará por sí sola todos los malestares. En esa zona gris, aún por pensar, que no cree en soluciones mágicas ni de “articulaciones” ni mucho menos de “frentes populares” está el espacio efectivo de resistencia. También contra el sentimiento de derrota.



domingo, 7 de enero de 2018

Paradoja y democracia



Quizás por el sentimiento traumático tras el procès catalán, quizás porque tengo que preparar con premura un curso titulado "Bases filosóficas de la teoría política" para futuros periodistas, quizás, simplemente, porque no hay forma de evitar la tensión cotidiana que provocan las redes, los medios, la vida social misma, he dedicado estos días a releer a quienes han notado que la política se sostiene sobre una trama de paradojas que explican la fragilidad de nuestras sociedades presionadas por el autoritarismo y la amenaza del desorden de lo que suele adjetivarse como "estados fracasados". El caso es que he pasado largo tiempo entre lecturas y, sobre todo, atendiendo a los vídeos que en YouTube ha subido Paco Ignacio Taibo II, mi admirado activista político-cultural mexicano. Su movimiento MORENA (Movimiento por la Regeneración Nacional) y su Brigada para Leer en Libertad, congregan bajo carpas movibles a miles de personas por Ciudad de México y alrededores, en los más recónditos foros, rememorando la historia, discutiendo el presente y, sobre todo, preguntándose por las circunstancias del presente. Envidio esas formas de activismo que tratan de movilizar la razón y la capacidad de hablar y escuchar en los márgenes de las formas instituidas y burocráticas de la política.

He sentido siempre una desbordada admiración por la profunda sabiduría que recorre México, un país que sobrevive reiteradamente a sí mismo y a las tensiones que nacen no solo de las fracturas y contradicciones que vienen de su pasado colonial, sino de la clara  realidad de cómo las paradojas de la política se hacen mucho más visibles que en otros lugares, la Comunidad Europea, por ejemplo, donde son apantalladas por una superestructura de aparente estabilidad. Me refiero a las paradojas que nacen de las dos grandes corrientes históricas sobre las que se construyen los estados contemporáneos: la corriente liberal, que conduce a los estados de derecho, y la corriente democrática que plantea continuamente la demanda de la soberanía popular, la cuestión del poder de quienes no tienen poder y los derechos de quienes no tienen derechos.

A quienes hemos vivido la historia española contemporánea, desde sus orígenes franquistas, pasando por la larga Transición hasta la crisis actual de agotamiento de un sistema, nos cuesta entender las tensiones que crean las aspiraciones de la sociedad liberal y las de la sociedad democrática. Al menos hasta los tiempos recientes en que se han hecho visibles a causa de los conflictos en los que vivimos. Hemos unido la equivalencia de las reivindicaciones de la sociedad garante de los derechos y las libertades de expresión, y conciencia con las reivindicaciones de democracia y de reparto del poder, sin notar que bajo nuestras constituciones, nacidas de pactos bajo tensiones de fuerzas contradictoras, no son sino formas particulares de establecer arreglos de supervivencia que en momentos de crisis dejan mostrar sus costuras apresuradamente hilvanadas.

Sabemos por la historia, sea general, sea particular de las ideas y del pensamiento político, que las ideas de libertad y de derechos son conquistas teóricas y prácticas de las sociedades modernas. Nacen y se desarrollan de modo histórico y contingente unidas a la reivindicación de un modelo de persona que identificamos con el individualismo. El liberalismo como filosofía nace como reivindicación de los derechos de opinión y creencia, tras las crueles guerras religiosas que recorren la modernidad, pero también, no lo olvidemos, como reivindicación de los derechos de propiedad y de libre comercio frente a los despotismos de los estados estamentales y los viejos imperios. Más tarde, los nuevos liberalismos, desde Stuart Mill a Rawls, tratan de elaborar equilibrios entre las garantías de los derechos individuales y una cierta protección de los más débiles. Han constituido la fundamentación básica de las ideas de estados de derecho que han permitido elaborar las formas de los estados que llamamos "occidentales".

La idea de democracia, por su parte, tiene un origen tan viejo, si no más, que la de libertad. Nació, como sabemos, en la Grecia clásica como reivindicación de la colectividad de los ciudadanos de la polis contra el poder de la aristocracia. También en la Roma republicana se extendió, y llevó a alguna guerra civil, para reivindicar el poder de la plebe frente a los patricios. La Revolución Americana y sobre todo la Francesa fueron las manifestaciones modernas de la reivindicación democrática. Nacen en la formación de un poder alternativo que se constituye como demos ("nosotros, el pueblo") y se declara con capacidad para instituir una nueva ley. Desde entonces, la idea de democracia como poder soberano del pueblo ha sido invocada cada vez que la conciencia de los excluidos por la forma del estado o por la dominación colonial o racial ha llevado a la insurrección de la plebe contra los patricios de cada tiempo y lugar.

Desde sus orígenes, estas dos reivindicaciones y los movimientos que las sostienen se entrecruzan en juego de colaboraciones, desconfianzas y restricciones. No se entiende la Europa contemporánea sin las reacciones que suscitó el desbordamiento de la plebe parisina al orden republicano de los ilustrados, basado en las ideas liberales. La democracia, desde entonces, se somete a un control estricto para que no atente contra los derechos básicos, que n cada momento se van ordenan y jerarquizan dependiendo del poder hegemónico. En el siglo de las revoluciones, que alcanza hasta el siglo XX avanzado, las tensiones entre libertades individuales y expresiones de soberanía popular se hacen puntualmente patentes en múltiples episodios históricos, muchas veces en forma trágica, por ejemplo en la Revolución Mexicana (entre el liberal Madero y los populismos de Villa y Zapata o en la II República Española (entre el liberal Azaña y las varias explosiones de reivindicación democrática).

Es muy interesante comprobar como la tensión atraviesa en los dos sentidos la frontera entre la derecha y la izquierda. En la época contemporánea, hay movimientos que atentan contra las libertades tanto desde la derecha como desde la izquierda. El argumento persistente del liberalismo ha sido una suerte de imaginario utópico de una forma de democracia controlada que preserve las libertades y formas aceptables de participación popular sin desbordamiento ni desorden. También es interesante comprobar el efecto contrario: cómo tantas veces desde el estado liberal se han reprimido o suprimido las expresiones y reivindicaciones democráticas. No entenderíamos la crisis de las democracias, que ya Norberto Bobbio teorizó, sin darnos cuenta que los estados de derecho y libertades están atravesados por poderes ocultos, por corrupciones y por invasiones del poder económico sobre el político.

Tal vez la expresión más directa de la tensión se haga presente en las nuevas formas que suceden al final de la Guerra Fría, las que calificamos como formas neoliberales. El estado neoliberal es, por su propia definición, una imposición del juego libre en todos los ámbitos de la vida. Su modelo darwinista impone la libre competencia como mano oculta que a medio plazo llevará a un orden social y a un equilibrio razonable. En este sentido, la inundación de los modos de mercado en todos los entresijos de la trama social se acompaña con una suerte de determinismo que deja en manos de la mano oculta de la competencia el logro del orden social. Paradójicamente, este modelo no se puede imponer sin un crecimiento desmesurado del poder estatal que invade todos los ámbitos de lo social a través del control militar, policial, a través de protocolos, de sistemas de consultoría y control con el objetivo de garantizar la "competencia". De hecho, para garantizar que no se formen colectividades y movimientos de resistencia común. En este sentido, fue ilustrativa la imposición militar de la "democracia" a través de guerras para instaurar constituciones liberales en países que estratégicamente se consideraban imprescindibles en el nuevo orden mundial.

Que esta tensión es constitutiva es algo que debe ser no solamente comprendido sino también enseñado y continuamente recordado. La socialdemocracia y sus terceras vías lo olvidaron hace tiempo y colaboraron en la construcción de unas formas políticas orientadas a la desmovilización democrática, a la instauración de un enorme sistema de control dedicado a proteger la libertad del mercado pero no las libertades individuales. Curiosamente, los viejos lemas de las viejas revoluciones plebeyas entendían muy bien que la condición de emancipación exige vivir la contradicción. Cuando los revolucionarios mexicanos y españoles gritaban "¡tierra y libertad!" sabían muy bien que las demandas de la plebe necesitan estos dos polos.



















domingo, 31 de diciembre de 2017

Claridad y tono en la escritura





Un reciente artículo de Alberto Olmos en El Confidencial, en donde protesta contra el estilo "francés" en la escritura ensayística, replicado por mí en mi muro de FaceBook con un comentario más bien distante de su tesis, ha provocado una larga secuencia de comentarios a favor y en contra, a los que me costaba responder en una breve frase, por lo que he ido demorando mi opinión. Ahora encuentro en este espacio y tiempo la ocasión de hacerlo. 

Asevera en este artículo Alberto Olmos: "Como los perfumes, que no lo sé, el pensamiento perfumado se inventó en Francia, y sobre él tiene una novela muy divertida Laurent Binet: 'La séptima función del lenguaje' (Seix Barral). La conocida como French Theory establece que todo puede decirse de una manera aún más complicada, con otro pellizco de pachulí y otro prefijo. Jacques Derrida, Michel Foucault o Pierre Bourdieu son los perfumistas maestros, y gracias a ellos se nos vino encima todo lo demás." Expresa en este texto el autor una opinión muy generalizada y se alinea en una larga controversia que ha tenido numerosos hitos, entre ellos la conocida división del claustro de la Universidad de Cambridge, en mayo de 1992, cuando por 336 placet contra 204 non placet votó a favor de la concesión del doctorado honoris causa a Jacques Derrida. 

Esta y otras muchas anécdotas forman parte de una larga polémica cuyas batallas se libraron sobre todo a lo largo del último tercio del siglo pasado en los campus de las universidades norteamericanas y que conocemos como "Guerras de la Cultura", en las que nunca se acabó de firmar paz alguna y, como demuestra el artículo de Olmos, continúa con una cierta intensidad. Mi amigo y compañero de equipo de investigación Jesús Navarro Reyes ha escrito un magnífico libro sobre la controversia entre John 
Searle (filósofo de la mente y el lenguaje) y Derrida (Cómo hacer filosofía con palabras) que recomiendo mucho como ejercicio de cómo comprender y leer a las dos partes. Abunda poco esta actitud abierta de leer de todo y hacerlo con la mente abierta a captar las ideas del autor, sobre todo cuando ni las ideas ni el estilo de expresarlas le gusta a uno o simplemente no está acostumbrado a él o iniciado en sus códigos particulares. 

Esto me lleva a uno de los dos temas que quería comentar en esta breve entrada. El primero es sobre la cuestión de la norma o estilo que debería tener la escritura ensayística para que podamos considerarla de una cierta calidad tanto en términos literarios (si tal adjetivo pudiera ser aplicado al género) como conceptuales y de pensamiento. Con Hegel ya comenzó la controversia de si la medida de la calidad de un texto es su claridad. "Hegel el oscuro" tituló Adorno un artículo en el que mediaba en el debate. Las universidades más analíticas norteamericanas como NYU y Harvard tienen sendas recomendaciones de estilo (cf. el vínculo) sobre cómo escribir un texto de filosofía. Se promueve así un estilo que introduzca definiciones de todo término ambiguo o poco familiar al lector ilustrado que se supone como narratario del texto, que haga patente la estructura argumental  y que se atenga a una prosa simple, austera en metáforas y en alusiones implícitas a autores que no tiene por qué conocer el lector. Frente a este estilo analítico está el que suele llamarse "continental" que sigue una norma muy distinta, que admite o directamente promueve el aforismo, la metáfora, el retruécano, el quiasmo y, en general figuras retóricas más o menos complicadas. Se permite o estimula así mismo el juego con las etimologías, el neologismo para expresar conceptos o ideas propios, el uso y abuso de la alusión a autores que se suponen familiares al lector,..., en fin, un estilo muy distinto al ascetismo analítico. 

La elección y formación del estilo es muchas veces un resultado puramente contingente y también muchas veces instrumental: si quieres publicar en una revista filosófica Q1, en la que generalmente los referees son jóvenes autores con un furioso ardor guerrero en la defensa del estilo, lo más recomendable es seguir las normas de la casa. Si quieres tener éxito entre un público más amplio, que se deje subyugar por la forma y que no tenga un especial interés en el examen crítico de la lógica argumental, probablemente elegirás un estilo más suelto literariamente. Ahora bien, lo que no es instrumental es la necesidad de encontrar un equilibrio propio, alcanzar una voz, un tono dice Stanley Cavell, en el que la escritura y el pensamiento personal se acompasen. Este estilo puede muy bien ser un estilo neutro, si no se tienen demasiadas ambiciones de escritura, o puede tener una marca más personal, si uno cree que la forma debe ser también modelada y no solo concebirse como un medio neutro y transparente de comunicación. 

Más complicada es una segunda norma, mucho menos instrumental que la de la claridad y que es la de la profundidad de las ideas expresadas. En parte porque es difícil definir bien la profundidad, pero en todo caso podemos usar como ejemplos a las grandes figuras de la historia: Kant, Hegel, Nietzsche, Simone Weil o Iris Murdoch son figuras de profundidad unida al estilo. La profundidad tiene que ver, como ya nos contó Hume en su desesperación por esta misma cuestión del estilo, con el alejamiento de los clichés, tópicos y supuestos conceptuales que la historia deja como suciedad en el lenguaje cotidiano. Profundidad es un término topológico, que habla de descensos hacia zonas alejadas de la superficie, y, usando la metáfora hidrológica, zonas donde llega poca luz. Witttgenstein es un escritor muy profundo, que protestaba mucho contra este alejamiento de lo cotidiano, pero como cualquier wittgensteiniano podría corroborar, lo cotidiano en Wittgenstein es algo tan complicado de entender como su propio pensamiento, sólo aparentemente claro y sencillo. En fin: la profundidad es una virtud sine qua non, pero es una virtud difícil del lograr. No todos aguantan las aguas oscuras en las que la presión se hace insoportable, falta el aire y amenazan objetos oscuros. 

Conquistar una voz propia es difícil y exige pagar precios que no siempre se está dispuesto a pagar. La decisión (que Bourdieu nos explica muy bien, y muy claramente --no puedo entender que a Alberto Olmos le resulte oscuro--) entre tener un estilo personal y tener éxito en los círculos académicos está sometida a lo que Thomas S. Kuhn llamaba la tensión esencial entre seguir la norma o romperla. Como ocurre también en literatura, la tentación de acudir al mercado como juez a veces es insoportable y desgraciadamente mortal para la calidad del ensayo de pensamiento. Y con esto llego a mi segundo tema, que es el de cómo hay un tertium quid que ha mediado desgraciadamente en la polémica sobre los dos estilos de escritura. Me refiero precisamente a la tentación mediática del mercado. 

Como bien sabemos, la presión mediática por una cierta norma de estilo está produciendo una suerte de giro en la escritura hacia una forma de ensayo que adopta las formas del best-seller: el abuso del ejemplo y la anécdota, la repetición de las ideas de otros sin ser discutidas ni expuestas en su complejidad, sino reducidas a un par de eslóganes, la construcción de un narratario simple, al que se dirige el autor con una cierta complicidad frente al "otro": "tú y yo sabemos que estas ideas que te cuento son la enseñanza básica que hay que sacar y nos dejamos en paz de discusiones eruditas y complicadas." Es un estilo que lamentablemente se ha convertido en normativo por razones de mercado. No está en mi intención descalificarlo como malo --cada cual es cada quien para elegir su voz-- pero sí me subleva el que se imponga como norma de presunta claridad cuando es simplemente un ejercicio de abaratamiento de la divulgación. Uno ve con tanta compasión como pena cómo gente a la que se comenzó a leer con atención por su originalidad, valentía y profundidad se deslizan hacia este estilo que se elige menos por razones de divulgación que por expectativas de mercado. Es un estilo que, ciertamente, no es sencillo, han de conocerse las claves y exige una gran disciplina de escritura. Pero es simplemente una opción entre otras. No debemos pensar que es la norma sino que es simplemente una elección que construye su propio lector con el que si uno se identifica sin distancia crítica probablemente esté perdiendo más que ganando. Como ocurre en literatura, no hay nada malo en leer best-sellers, lo malo es en identificarse con el "lector medio" al que van dirigidos. Sólo sabiéndose distante uno puede leer a Clarice Lispector y a Carlos Ruiz Zafón y no sufrir daño en su capacidad crítica. Pero también el lector debe educar el oído como el escritor la voz. En eso está el juego de la palabra. 




domingo, 24 de diciembre de 2017

Sentimientos encontrados



Las emociones humanas cumplen diversas funciones. Como mamíferos que somos, tienen funciones de alerta, apego y otras biológicamente adaptativas. Como mamíferos sociales que somos, tienen una función de señalar el estado interno del animal a los otros de la camada. Como animales culturales que somos, las emociones han ido mutando para abarcar amplios espacios de nuestra vida personal y social. Desde Freud sabemos que nuestra personalidad se constituye a través de una compleja dinámica de emociones encontradas que van modelando nuestro carácter y las disposiciones con las que nos hacemos cargo de la realidad. La ciencia cognitiva y neurología contemporáneas no solo han confirmado su centralidad sino que la han subrayado. La memoria, el aprendizaje, los planes futuros, los vínculos sociales. Todo está conformado por las emociones que han evolucionado culturalmente.

Se ha dedicado mucha menos atención a las emociones en las grandes escalas de la economía y la política, especialmente en la política, pues la psicología política está aún en estadios muy iniciales de desarrollo. Todos sabemos que no son posibles los vínculos políticos sin la activación de emociones colectivas que se difunden con patrones epidemiológicos: la exaltación, la depresión, el miedo, ... son pasiones sin las que serían imposibles las acciones estratégicas del poder y el contrapoder. Hanna Arendt, una profunda pensadora de lo político radicalmente racionalista confiaba la política básicamente a la palabra y la argumentación, dejando las pasiones del lado de lo prepolítico, siempre desconfiando de ellas y poniéndolas en la cesta que pesa el autoritarismo. Se equivocaba Arendt pues junto a la producción de discursos la gestión de las emociones es parte esencial de la política. Está en el hueso de lo político. No es una desgracia para la política el empleo estratégico de las emociones colectivas, todo lo contrario: es la única forma de convertir las convicciones en motivos para la acción y en planes de vida a largo plazo.

Aunque la filosofía zen de Star Wars postule la apatheia como objetivo del entrenamiento jedi, lo que sería contradictorio con el papel político de las emociones, tiene razón cada vez que presenta al poder del imperio como poder sobre las emociones: la ira y el miedo, sostienen los señores del poder, son los mejores instrumentos de la fuerza oscura. Cuanto mayor sea la ira y el miedo, más fácil será atraer a la zona tenebrosa a las personas. Solo por ello es tal vez la gran serie de películas políticas de los tiempos presentes, como ha escrito recientemente Fernando Ángel Moreno. Por ello deberíamos estudiar con más cuidado el uso político de las emociones para construir políticas estables con objetivos de transformación real de la situación.

Hasta el momento, los partidos políticos, los grupos mediáticos y las oscuras alcantarillas del poder solo han trabajado una forma de manipulación emocional: la génesis de sentimientos polarizados; una suerte de educación sentimental para la dicotomía amigo/enemigo que parece caracterizar la política en la sociedad del espectáculo. Desde el punto de vista delas políticas de transformación hacia sociedades más libres e iguales, de sociedades radicalmente democráticas, este uso, por más eficiente que sea en los momentos de movilización es, sin embargo, inútil y perjudicial en lo que se refiere a las pasiones políticas que deberían regir la transformación del mundo hacia una sociedad más justa.

Los grandes muros que contienen las revoluciones sociales están hechos siempre de los mismos ladrillos que ya fueron bien pensados en El arte de la guerra: hacer que el enemigo decaiga en su voluntad de combatir antes de emprender la campaña. Las guerras se ganan siempre fuera de los campos de batalla y en el interior de los corazones enemigos: suministrándoles razones para el miedo, la incertidumbre y el desánimo para que opten por un estado en el que aún sufriendo sería siempre preferible al riesgo percibido en la voluntad de cambio. El miedo, dicho más rápidamente, es de lo que están hechos los ladrillos del poder. Contra ellos, las viejas políticas de fomentar la indignación, el reclutamiento de los fanáticos, la movilización de las pasiones fuertes, raramente es suficiente salvo en los raros casos de fractura del poder dominante. Todos los revolucionarios sueñan con "ventanas de oportunidad" y gran movilización pasional y sus tumbas suelen estar alfombradas con estos sueños.

La pregunta fundamental es: "¿por qué una sociedad decide cambiar de modo de organizarse y afrontar los riesgos que ello implica?". La respuesta no puede estar en las emociones bajas, sencillas de manipular, que se les puede encomendar a periodistas, publicistas y gente de bajo nivel político de comprensión de la profundidad humana. La razón es que las revoluciones sociales realmente existentes se hacen motivadas por emociones de plazo largo, emociones que constituyen la subjetividad de los agentes y no son simplemente episodios de descarga emocional. No es por ello extraño que encontremos en las políticas de la identidad estrategias de educación emocional de las subjetividades y que estos sentimientos sean poderosos.

Sería un error creer, como siguen haciéndolo las viejas formas políticas, que debemos encomendar a las políticas de la identidad los papeles de la educación sentimental de las subjetividades. No sólo los nacionalismos, ya bien conocidos como estrategias educativas, también las modalidades identitarias de todas las formas de opresión de género, raza, cultura o condición. Es un error. La educación sentimental que necesitamos en un mundo plural, transversal y atravesado de sentimientos encontrados exige una nueva psicología política de las emociones. CONTINUARÁ.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Un droide en el jardín





El jueves participaba en una mesa redonda organizada en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Madrid sobre cómo la Inteligencia Artificial modelará nuestro futuro. Otro debate sobre transhumanismo y la nueva prospectiva sobre la tecnología que nos invadirá. Se discutía mucho de AlfaGo Zero, el programa automático creado para desarrollar capacidades de juego en el nivel de maestro en go y ajedrez. Está formado por dos redes neuronales que aprenden rápidamente (en 100 partidas) sin tener almacenado previamente ninguna base de datos de jugadas anteriores. Impresionaba mucho que hubiese alcanzado un nivel como para ganar a campeones de go y ajedrez habiendo aprendido a jugar en unas cuantas partidas.  Se planteaban los escenarios posthumanistas de Kurzweil sobre la llegada de la Singularidad, cuando la Inteligencia Artificial supere a la de la máquina y qué significaría. La discusión, por suerte (al fin y al cabo los ingenieros son gente muy sensata) derivó hacia cuestiones más filosóficas e interesantes sobre responsabilidad jurídica, moral y sobre identidad en un horizonte de aplicación masiva de estos objetos nuevos, que podríamos llamar "droides" para usar el término de StarWars. 

Véanse algunas predicciones como las que hace Klaus Schwab, empresario fundador del Foro Económico Mundial en su famoso libro sobre La Cuarta Revolución Industrial (curioso y divertido el prólogo de Ana Botín, presidenta del Banco de Santander, hablando sobre ética y tecnología). Pues bien, anuncia que para 2025 --pasado mañana-- se pueden anticipar con cierta probabilidad estos cambios: 
El 10% de las personas usarán ropa conectada a internet/El 90% de la gente tendrá almacenamiento ilimitado y gratuito (patrocinado mediante publicidad)/Un billón de sensores estarán conectados a internet/ Primer farmacéutico robótico en Estados Unidos/El 10% de las gafas de lectura estarán conectadas a internet/El 80% de las personas tendrán presencia digital en internet/El primer automóvil impreso en 3D estará en producción/ Primer gobierno que sustituirá su censo poblacional por uno basado en el Big Data/Primer teléfono móvil implantable disponible comercialmente/El 5% de los productos de consumo estarán impresos en 3D/El 90% de la población utilizará teléfonos inteligentes/El 90% de la población tendrá acceso regular a internet/Los automóviles sin conductor serán el 10% de todos los vehículos en las carreteras de Estados Unidos/ Primer trasplante de un hígado impreso en 3D/El 30% de las auditorías corporativas serán realizadas mediante inteligencia artificial/Primera vez que un gobierno recaudará sus impuestos utilizando blockchain/Más del 50% del tráfico de internet en los hogares será para electrodomésticos y dispositivos/ En general, habrá más viajes en vehículo compartido que en coches privados/Primera ciudad con más de 50.000 personas que no tendrá semáforos/El 10% del producto interior bruto global se almacenará con tecnología blockchain/Primera máquina de inteligencia artificial en una junta directiva 
Por supuesto, todo esto viene acompañado de una enorme parafernalia de advertencias de cómo hay que adaptar los entornos socioeconómicos para poder competir y sobrevivir en la nueva economía 4.0, o sea, un programa político de más neoliberalismo bajo el gran argumento de inevitabilidad de los cambios que van a introducir las nuevas tecnologías (por cierto, la segunda predicción sobre el almacenamiento ilimitado y gratuito, después del anuncio del fin de la neutralidad de la red y su pronta conversión en negocio la veo poco probable).

Que el cambio tecnológico está transformando la economía parece claro. Sufrimos tiempos de lo que se llaman "tecnologías intersticiales", tecnologías que transforman a todas las demás, como ocurrió con el vapor, la electricidad y la microinformática en tiempos pasados. Son tiempos donde se producen cambios de paradigma que transforman la economía y terminan reorganizando los modos de funcionamiento del capitalismo, por lo que no es extraño que aparezcan estos anuncios que preparan ideológicamente para las nuevas formas de control. Dejaremos para otro día el comentario de este nuevo aparato de propaganda. Volviendo a las discusiones en la mesa redonda, querría traer aquí tres puntos para los que, ciertamente, hay que preparar nuestros sistemas jurídicos e incluso educativos:

  1. La responsabilidad en un mundo de droides: ¿quién será responsable de los accidentes que provoquen ocasionalmente los droides que tomen decisiones? Pensemos en automóviles autónomos, en sistemas de decisión económica, armas con decisión automática, etc.
  2. La sensibilidad al estado personal. Uno de los casos que discutió la especialista en derecho informático fue el de los programas que toman automáticamente decisiones económicas. Por ejemplo, la concesión de préstamos en compañías telefónicas, que ya son automáticos. Mientras que el programa trabaja con perfiles del pasado, nuestra vida cambia continuamente. Programas de previsión sanitaria, de seguros, de perfiles policiales, ... No son pocos los malentendidos que ocurren en las fronteras cuando alguien es mal-catalogado como terrorista potencial por un sistema automatizado.
  3. La privacidad de los datos: si nuestros teléfonos y datos personales son ahora ya vendidos a diferentes compañías, podemos imaginar lo que ocurrirá cuando las grandes bases almacenen nuestros datos de salud, nuestros currículos (dentro de muy poco no se necesitará presentar un currículo, el sistema lo generará explorando la red en pocos segundos), nuestros perfiles bancarios, etcétera. No es sólo un problema de si saben o no lo que hacemos, que lo saben, claro, sino de lo que hacen con ese conocimiento. 
  4. Nuestras identidades personales cuando los lazos emocionales con droides sean tan fuertes o mayores que con animales o personas. Posiblemente los robots de compañía terminen haciendo más compañía a gente mayor que familiares que se acercan a ellos con un aburrido sentido de la obligación (por no hablar del nuevo gran negocio en perspectiva, los robots de compañía sexual).
  5. Los posibles derechos de los droides. No es una cuestión banal. Los programas de IA son objetos que hacen proliferar el conocimiento y la inteligencia en nuestro entorno y que ya tienen muchas de las propiedades de los seres vivos. Ahora que comenzamos a tener cierta sensibilidad hacia las formas de vida y el respeto por ellas, y la inflicción de daños innecesarios, es un buen momento para pensar en cómo convivir con nuevas formas de inteligencia, la mayoría de ellas muy alejadas de las formas humanas, pero con niveles nuevos de autonomía. En un nuevo pensamiento ecológico, no bastará la solidaridad con las formas biológicas de vida, también habrá que incluir las no biológicas.

Hay muchos más puntos que hay que comenzar a pensar con cuidado. Las transformaciones educativas, por ejemplo: ¿Cómo proteger la búsqueda del conocimiento y la sabiduría, el estímulo de la curiosidad y la creatividad en un mundo de fácil acceso a la información? O los cambios en nuestra socialidad y planes de vida, como los que anticipa Remedios Zafra en su nuevo y maravilloso libro El entusiasmo, precariedad y trabajo creativo en la era digital. Quizás debamos repensar las propias ideas de identidad para incluir por abajo a los droides y por arriba a los nuevos sujetos colectivos en red, como propone últimamente Javier Echeverría. Ya no es posible pensar la tecnología sin la economía, la política, la epistemología y la ética. Como siempre ha ocurrido, sólo formas fuertes de ciudadanía, de control democrático del poder y de control democrático de la economía, de reparto justo de las capacidades y posibilidad de planes de vida puede hacer este mundo vivible bajo los horizontes de una nueva diversidad de cultura material. Cualquiera de los puntos anteriores implica profundas transformaciones jurídicas, institucionales y educativas. Pero la dirección, me parece, lleva a sendas divergentes de las que piensan los poderes socioeconómicos actuales, los Schwab y Botin de turno. Estamos a tiempo de contener las nuevas formas de barbarie.